Crónica: Los desencantos de Berrío
Publicado en: http://www.funlam.edu.co/azulnaranja/?p=454
Era marzo de 2014 y aquel joven de 18 años salió al centro de la ciudad a comprarle una nueva llanta a su bicicleta de segunda mano, que había adquirido días atrás, y a retirar el dinero que su padre le enviaba cada mes para el sustento diario. Llegó en un bus, uno de los transportes más utilizados en la ciudad de Medellín, que en el año 2013 había sido nombrada la más innovadora del Mundo por varias razones, entre esas, la reducción de la inseguridad.
Era marzo de 2014 y aquel joven de 18 años salió al centro de la ciudad a comprarle una nueva llanta a su bicicleta de segunda mano, que había adquirido días atrás, y a retirar el dinero que su padre le enviaba cada mes para el sustento diario. Llegó en un bus, uno de los transportes más utilizados en la ciudad de Medellín, que en el año 2013 había sido nombrada la más innovadora del Mundo por varias razones, entre esas, la reducción de la inseguridad.
Se bajó en pleno corazón
geográfico de la ciudad, en el parque donde se encuentra
la estatua de Pedro Justo Berrío rodeada de
vendedores ambulantes, de ancianos que interpretan canciones de antaño con sus
guitarras, de personas que esperan encontrarse con otras, de palomas que vuelan
hacia la primera parroquia construida en la ciudad: la Iglesia de la Candelaria.
En ese mismo parque -que anteriormente recibía
el nombre de La Plaza Principal- está ubicado el Banco de la República
acompañado por “La Gorda”, una estatua del escultor antioqueño Fernando Botero que,
aunque carece de cabeza, parece ser la vigilante de todas las entidades
bancarias que la rodean, entre esas el banco a donde el joven se dirigió esa
tarde después de comprar la pieza que le pondría a su nuevo medio de
transporte.
No alcanzó a entrar. Escuchó una voz masculina
que lo detuvo diciéndole: “Joven, hágame el favor”. De inmediato volteó y, al
ver que se trataba de un desconocido, le respondió –con el acento costeño que
lo caracteriza- que alguien lo estaba esperando.
-“Tranquilo que no le voy a quitar más de 15
segundos”, le dijo el señor que aparentaba tener 38 años.
Él decidió quedarse allí y escuchar aquellas
palabras que aún tiene grabadas en su mente: “Lo que pasa es que me
están informando que usted viene por aquí entregando unos paquetes de Metanfetamina
y que cada uno cuesta 800 mil pesos. Yo soy el comandante de una banda y
necesito acabar con la delincuencia en este lugar. Acompáñeme, tengo que
tomarle unos datos”.
Ambos cruzaron la
calle, transitada por personas que ignoraban aquella situación, y el hombre
le preguntó: “¿Usted cómo se llama?”.
-Juan David Méndez, le respondió con voz pasiva.
El hombre le pidió el documento de identidad para
confirmar que no le estaba mintiendo. Observó la foto (tomada a los 12 años) de
aquel muchacho de tez morena, oriundo de El Bagre, Antioquia; que medía 1,67
metros según aquella tarjeta de identificación que aún usaba porque
recientemente había cumplido la mayoría de edad. Se la devolvió y lo interrogó
de nuevo:
- ¿Usted qué tipo de comunicación maneja?
- Por redes sociales, respondió Juan David que
ya sospechaba lo que estaba a punto de ocurrir.
- Juan David, no me está entendiendo la
pregunta: ¿Usted, cómo se comunica con sus familiares?, le alzó la voz al ver
que no obtenía la respuesta que quería.
- Ellos me escriben por redes sociales, reiteró
el joven.
- Juan David, dígame la verdad: ¿Usted maneja
dispositivo celular?
- Sí.
Al escuchar esta afirmación, el hombre le pidió
que se lo entregara mostrándole un arma que llevaba debajo de su camisa. Juan
David accedió a la petición, sacó su celular del bolsillo y se lo dio a aquel
hombre que se fue sin prisa alguna. El joven, asustado y nervioso, no quiso
retirar el dinero porque temía que le robaran dos veces y, de inmediato, tomó
un bus que lo llevara a su casa.
Actualmente, en Medellín, la historia de Juan
David se repite 34 veces al
día
pero bajo diversas modalidades. Una de ellas es conocida como el cosquilleo. Si a Juan
David lo hubieran robado bajo esta modalidad, el relato sería distinto: una
persona se hubiera acercado hacia él para tocarle su bolso. Cuando él se
percatara de la situación, otra persona se le acercaría a entretenerlo
pidiéndole una dirección (aunque a veces no hay necesidad de hablar con la
víctima):
- Hola, ¿sabes dónde queda una iglesia blanca
por acá?
- ¿La de la Candelaria?, diría el joven.
- Sí, respondería la persona, supuestamente,
perdida.
- Mira, llegas hasta la estatua de Berrío y, ahí,
diagonal la encuentras.
Durante esta conversación, alguien más estuvo
sacándole sus pertenencias sin que él se diera cuenta.
Si al joven lo hubieran hurtado bajo la
modalidad de “La Saliva” esta historia sería diferente: cuando estuviera
llegando al banco a donde se dirigía, un anciano le escupiría el hombro; otra
persona, con el disfraz de la amabilidad, se acercaría con un pañuelo a
ayudarle a limpiarse:
-Mire, le presto un pañuelo. Definitivamente la
gente hoy en día es muy cochina, ¿no?
- Sí, que asco. Muchas gracias. Muy amable de
su parte.
Igualmente, como en la situación anterior, Juan
David ni se enteró de que había sido despojado de lo que llevaba en el bolso.
Este muchacho pudo haber pasado por otras modalidades
de robo como el juego de la Bolita, el ‘Paquete chileno’, el ‘Raponazo’
(alguien le hubiera arrebatado las pertenencias antes de que pudiera reaccionar),
el Fleteo (a la salida del banco, varios individuos lo hubieran seguido para
amenazarlo y arrebatarle el dinero), entre muchas otras más que los ingeniosos
del robo inventan cada día.
Para disminuir estas situaciones, la Policía del
sector está tomando más medidas de seguridad como, por ejemplo, la repartición
de auxiliares de esta entidad, los cuales se ayudan de las cámaras instaladas
en la estación Parque Berrío del Metro para identificar quiénes son los que
están cometiendo estos delitos.
No solo son los robos
Dos señoras- con trapeadora y ‘trapito’ en
mano- limpian las escaleras del Metro. Les da pena hablar ante una grabadora,
se echan a reír, pero finalmente sacan a flote sus pensamientos acerca de los
desencantos del Parque Berrío: “es que aquí huele mucho a ‘berrinche’ porque la
gente no respeta y se orina por ahí. Nosotras lo lavamos una vez en el turno pero
sigue normal, oliendo lo mismo”. Su compañera la interrumpe: “las tinteras
(señoras que venden tinto) todo lo tiran por ahí, los vasitos…”.
La inconformidad de las personas no solo gira
en torno a los robos que se presentan en el sector. Los malos olores, la
basura, el ruido, la cantidad de transeúntes, la presencia de habitantes de la
calle, entre muchas otras razones hacen que este parque, a pesar de ser uno de
los más reconocidos en la ciudad, no sea tan encantador como parece.
Sin embargo, la mayoría de la gente tiene la
obligación de pasar por ahí ya sea porque van para sus trabajos, necesitan tomar
el Metro, quieren retirar dinero, van a verse con alguien o, incluso, trabajan
bajo la sombra de los árboles que crecieron allí.
La ayuda de la Policía Metropolitana es
importante para mitigar los robos pero el reto más grande
lo tiene la Alcaldía, quien está buscando estrategias para
solucionar los serios problemas cardiacos (principalmente, mejorar la movilidad
y el aspecto del lugar) que sufre día a día el corazón de la “Ciudad de la
Eterna Primavera”.
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